domingo, 24 de agosto de 2025

Nido

 







Rififí en el campo

Se caldea el campo y cuece la tierra. La provincia se prepara para recibir la puesta en escena de guiones opuestos. La prensa se pregunta, al borde de la hora, quién gobernará. El Estado se vuelve elástico, se expande y contrae con agilidad en movimientos bruscos.

Tucumán, en 1966, al amanecer es uno, por la tarde otro y a la noche aún más ajeno. Como cada 9 de julio, y sólo por 24 horas, la provincia más chica se inviste de capital nacional. Pero por ese entonces, se conmemoraban además los 150 años de la declaración de la independencia. Una fecha que cruza y subraya otra fecha. En junio del 66 los militares derrocan el gobierno democrático y ese mismo agosto se decreta el cierre de los ingenios azucareros, pilares de la economía provincial. Los pomposos festejos del sesquicentenario se encuentran en el ojo del huracán, rodeados tanto de confusión y desempleo como de agitación política y el fuego de antorchas.

Esos contrastes se vuelcan a la escena del arte: los festejos desplegaron –según la crítica de la época- una enorme maquinaria de actos celebratorios, excepcionalmente anormales. Coyuntura que más recientemente se ha interpretado como “un diálogo de sordos”: artistas locales vinculadxs a la burguesía sin voluntad de “confrontamiento institucional”. Así, la honda problemática del cierre de nuestros ingenios es cedida como insumo para el arte porteño y rosarino, mientras la historiografía local dice que en Tucumán


intelectuales y artistas no supieron hacerse eco del mundo externo que les rodeaba ¿Qué pensaban nuestros artistas?, ¿qué sentían?, ¿tenían conciencia de la situación?, ¿estaban atemorizados?, ¿quizás concebían al arte como un conjunto de meros procesos formales?

En estos discursos subyace la idea de que en los centros se produce contra-información y en Tucumán ingenuidad o mera pedagogía reiterativa. Pero el silencio que se les atribuye es, en verdad, la búsqueda de transitar los medios artísticos más cercanos al pueblo. O los concebidos por el propio pueblo como arte. Nuestrxs artistas de la época sí introducen gestos punzantes en las instituciones y sus ceremonias oficiales. Un caso entre otros es el de Myriam Holgado, quien recibe premios tanto en el Salón Anual de Tucumán como en el del circunstancial Sesquicentenario, ambos de 1966. Sus piezas aluden a la problemática del trabajo y la desigualdad social en la provincia. Tocan la fibra de su hora y la dejan plena en la historia. Ese desfasaje histórico dejó una marca que aún hoy se activa en las obras.

Lxs artistas de entonces, lxs de ahora y lxs de en medio, remontan la crisis como un territorio del cual se puede entrar y salir. Rififí en el campo rastrea en obras de artistas contemporánexs un material genético: la memoria cifrada y ecos de ese pasado en común. Las obras aquí reunidas trabajan el pasado como una materia pendiente y hacen tanto de la historia como de la infraestructura de este ingenio que las aloja, no su telón de fondo, sino un campo en disputa que arde bajo los pies de quienes lo pisan.

Gaspar Núñez (Curador)





















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