Ante la idiosincrasia del norte argentino, que es de carácter
eminentemente sumiso y obediente, apareció el miedo, y como respuesta al miedo,
y en sincronía con esa
idiosincrasia, apareció el silencio, pero no un silencio cómplice sino un
silencio revolucionario.
Este
movimiento social, personalmente, lo vinculo a otros movimientos sociales
históricos, sobre todo orientales, que tiene que ver con la renuncia.
El
movimiento de la no violencia, de Gandhi en la india, donde las personas
eligieron la no acción, como una forma de lucha, el movimiento hikikomori en
Japón, por el que los jóvenes prefieren no participar del capitalismo feroz,
aislándose en sus casas, y el movimiento de las 4B en Corea, según el cual las
feministas en vez de atacar a los hombres, prefieren no establecer ningún tipo
de vínculo con ellos.
El silencio
es un movimiento social transformador, porque no solamente cambio la provincia
de Catamarca, sino a todo el país, dado que esta modalidad de protesta, no
existía antes del caso María Soledad Morales, y después se volvió muy habitual,
basta con ver el caso Marita Verón y otros femicidios, pero no exclusivamente
femicidios.
Y es
importante recalcar la palabra “femicidio”, no solo porque es un tema de
candente actualidad, sino también para resaltar el papel de la mujer, llamada,
el sexo débil, dado que fueron las compañeras de María Soledad, su madre, Ada
Morales y la hermana Marta Peloni, las que se enfrentaron al miedo y fueron el
motor de este cambio social tan profundo y transformador.
Por último,
quisiera contar que cada vez que vienen turistas a nuestra provincia,
familiares o amigos, elijo llevarlos a la Cuesta del Portezuelo, a la Fiesta
del Poncho y a la catedral, pero también, al monumento a María Soledad Morales,
porque lo considero indisoluble de la identidad catamarqueña, y porque me
emociona profundamente ver las carpetas que las estudiantes dejan a los pies
del monolito, pidiendo todo tipo de intercesión.

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